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miércoles, 18 de julio de 2012

El Casino de la Vida


Cuando nos miramos sin espejo el mundo se para, e inmediatamente pasan por nuestra mente imágenes atropelladas de lo que hacemos, de lo que somos, de como nos ven los demás, de si soy guapo o feo, listo o torpe, alto o bajo, gordo o delgado, de lo que hice ayer o antes de ayer, de si soy fuerte o débil, imágenes de experiencias tardías y tempranas que nos gustan o nos disgustan, buenas y malas.  Es como tirar la baraja de cartas de tu vida y de lo que eres al aire, e intentar ver todas las cartas a la vez.

Pero tampoco queremos verlas todas, así que paramos el tiempo, congelamos las cartas en el aire y vamos cogiendo las necesarias para sentirnos bien, para formar el dibujo de nosotros mismos que más les gusta a los demás;  las movemos, las cambiamos de sitio y tomamos cuantos comodines nos hagan falta, tiramos los ochos y los nueves, triplicamos los ases, ocultamos nuestros descartes para que no se vean,  buscamos la mano perfecta para poner encima del tapete de juego y que todos digan : ¡ Que buenas cartas tienes!, ¿Qué buena partida eres! .

Nadie te pregunto si querías jugar, si querías sentarte a la mesa, dabas por hecho que tenias que hacerlo, que tenias que deslumbrar a todos los presentes, que tenias que ganar o al menos empatar, pero tu ya habías creado tu jugada perfecta aunque fuera llena de comodines.

Juegas, ganas la partida para los demás y te vuelves a casa contento, altivo y un poco prepotente, pero  siempre perseguido en la distancia por la sombra de tus descartes.

Te acuestas  cansado, agotado, pensando que duro ha sido mover las cartas, ajustar tantos comodines y barrer tantas cartas descartadas.
Pero,  ¡Que bien he quedado!,¡Qué buena mano! y ¡Que buen farol!

Empiezas de nuevo con el esfuerzo de pensar como jugarás la partida de mañana, como deslumbraras de nuevo, cuantos comodines te harán falta, o cuantos ases tendrás que inventar, y  así un día tras otro, y otro, y otro…

Pero llega el día que te sientes agotado, que ya no te llena elegir las mejores cartas, inventar comodines, o deslumbrar con engaños, que ya te da igual que te aplaudan o te admiren por lo que no eres, que necesitas que los aplausos sean los tuyos, que la admiración sea la tuya, poder vitorearte a ti mismo.

Sin pensarlo te diriges a la mesa de juego y ante todos, tiras al aire la baraja de tu persona, de lo que eres, pero esta vez no la congelas en el aire, no eliges ninguna, no tomas comodines ni descartas nada, simplemente dejas caer todas sobre el tapete, y tras un largo silencio ves que no hay vítores, que no hay aplausos, que todos te miran con la boca abierta, que han cambiado los aplausos por respeto, que nadie se esperaba esa escalera de color.

Te levantas, recoges tus cartas y pones tu baraja en el centro de  la mesa, miras a todos a los ojos y les dices que a partir de ahora, sólo tienen que coger tu baraja y elegir las cartas que quieran, que tu juegas con todas.


Te giras, te marchas, te miras sin espejo y te aplaudes a ti mismo por tu osadía, por el peso que te has quitado de encima, por lo bien que te sientes, por haber recobrado tu libertad y por lo bien que vas a dormir a partir de ahora.
Ya no tienes que volver a ese Casino, ya saben que juegas con todas las cartas y además te han prohibido la entrada.
Ahora tu casino es la vida y no tiene techo ni paredes, ni necesita croupier.


 La sinceridad como bandera - Tontxu

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