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martes, 31 de julio de 2012

El último viaje


Vivimos en un mundo que nos obliga a interactuar sin descanso, sumidos en el continuo stress de la vida sin tregua; desde que abrimos los ojos por la mañana es como si saltáramos al ruedo y ya no tuviéramos tiempo para otra cosa que no fuere olvidarnos de nosotros mismos, luchar por la supervivencia y satisfacer al público. No podemos pararnos a mirarnos o plantearnos que soy o que estoy haciendo, y sólo salimos del ruedo cuando dormimos, tiempo muerto que sólo sirve para que limpien la plaza.
La vida es una oportunidad que alguien nos ha dado para que valoremos lo que somos, y para ello nos encarcela en nuestro cuerpo, obligándonos a descubrirnos. Cuando nos encarceló no nos dijo nada, no nos habló de su finalidad, no nos dijo que había que buscar algo ni que era, nos puso en el campo de pruebas convencido de que el grito y la fuerza de nuestro alma nos llevaría al encuentro; es como si quisieran saber hasta donde alcanza la fuerza del alma, descubrir si es invencible y si se puede acallar, es como dejar que a un recién nacido lo críen los lobos y esperar que descubra por si solo que es un ser humano, pero ante su desconfianza nos puso un plazo, el del regreso a nuestro origen, el del balance del experimento, el de la vuelta a casa a través túnel de la muerte donde se abren las puertas de nuestra cárcel.
La mayoría no superamos el experimento hasta el ultimo momento, hasta que escuchamos la llamada del regreso y nos damos cuenta que hemos vivido para el jardín, pero no conocemos nuestra casa y corremos hacia ella para ver, comprender y retener lo que hay dentro antes de que llegue el taxi que nos llevará de regreso.
No hay que temer al regreso, al fin del experimento, sólo hay que prepararse si no lo estamos para que la vuelta a casa sea en un vuelo directo, y no tengamos que hacer infinidad de paradas para comprender de donde regresamos y que hemos hecho.
Cuando se nos va un ser querido nuestro corazón se parte, nos inunda la pena y el desasosiego y caemos en la tragedia sin pensar que la desgracia sólo es nuestra, pues el regresado va a su propio encuentro y ha recibir el premio de su esencia.
Si el ser querido se encuentra en el proceso de regreso, debemos disfrutar con él, transmitirle todo lo que somos y la felicidad de haber compartido con él la fascinante travesía de la vida, atravesar los cuerpos, unir las almas y disfrutar de cada momento antes de la llegada del taxi, facilitándole la partida y absorbiendo dentro de nosotros parte de su esencia.

Y vivir con la feliz pena de haberlo tenido.





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